Torrijos y el desarrollo nacional.
Prof. Luis Navas P.
A partir de diciembre de 1969, el general Omar Torrijos emprendió las transformaciones ideológicas, políticas, sociales y económicas que permitieron un desarrollo diferente de nuestro país. Diferente del modelo de desarrollo económico que sustentó durante 65 años a la oligarquía dueña del poder en Panamá.
Comenzó por romper con el prejuicio ideológico impuesto por Estados Unidos contra toda concepción histórica que no sustentase su Destino Manifiesto, y contra toda visión que reconociese el accionar de las clases sociales en una determinada formación económico social. Ni con la izquierda y ni con la derecha, decía, con Panamá. Y derivó de su ausencia de prejuicios contra la izquierda política una práctica que dentro y fuera del país le permitió zafarse de la coyunda en que nos tenían aherrojados los grupos económicamente dominantes y Estados Unidos.
Esta visión ayudó a buscar el apoyo para la lucha de recuperación del Canal en todos los ámbitos políticos del mundo: Kadafi, Adolfo Suárez y Carlos Andrés Pérez, por ejemplo. El movimiento de los No Alineados. Tito y el Grupo Contadora. La internacionalización de la lucha por recuperar el Canal fue el mejor enfoque derivado de su libertad ideológica, la que le permitió a la pequeña y pobre Panamá erguirse con dignidad en el concierto de naciones.
La segunda consecuencia fue agudizar su percepción de la lucha de clases. Y su identificación de los problemas de los más diversos sectores sociales. En este orden de ideas, replanteó la lucha política en el país al crear la Asamblea Nacional de Representantes de Corregimiento. Reconoció el factor económico actuante en la organización de la política durante toda la era republicana y por tanto escogió un sistema parlamentario nuevo, con una representatividad mayor y perfectamente delineada sobre toda la extensión territorial del país. Amplió en esa Asamblea la vocería de todos los grupos sociales, pero sobre todo de los más pobres, de los indígenas, de los campesinos pobres.
Por otra parte, abrió el aparato estatal a muy diversos sectores de las capas medias y les asignó responsabilidades anteriormente reservadas para los miembros de la antigua élite del poder. Y transformó la experiencia laboral en los nuevos ministerios en una experiencia docente que produjo cientos de funcionarios especializados con maestrías y doctorados, pues entendía el rol de liderazgo que a las instituciones públicas le cabía en el desarrollo nacional.
El aparato gubernamental sufrió una ingente transformación: los ministerios e instituciones autónomas fueron transformados en agentes para el cambio y para el desempeño directo de funciones económicas. Hizo del Estado un ente económico poderoso, empezando por la nacionalización de la Compañía de Fuerza y Luz y la construcción de las hidroeléctricas y los ingenios azucareros.
Además, transformó la infraestructura del Estado. Cuadruplicó el número de kilómetros de carreteras y el número de Centros de Salud, estableció escuelas por doquier y la cantidad de aulas escolares aumentó en miles. Es decir, democratizó la enseñanza y la salud. Obligó a que el Seguro Social asumiese sus responsabilidades con la familia de los trabajadores e impuso la noción de los beneficiarios, por encima de quienes seguían y siguen analizando a la Caja de Seguro Social con los parámetros de los seguros privados.
Decididamente transformó el Estado en un ente que sustentaba las reivindicaciones de los trabajadores. El nuevo Código Laboral recogió todas las aspiraciones históricas de los sectores sindicales, e innovó en prestaciones como el décimo tercer mes.
En el plano político, la Asamblea Nacional de Representantes de Corregimientos fue especialmente motivo de escarnio entre quienes nunca entendieron su verdadera función, la de servir de órgano de resonancia de las necesidades de las comunidades más pobres de la nación, así como vehículo de canalización de los recursos estatales a través de las Juntas Comunales, para cumplir con su función de resolver los problemas más acuciantes del pueblo. Al trabajo legislativo vacío de contenidos populares que fue la tónica durante las primeras seis décadas de república, impuso una estructura que no podía menos que reconocer y expresar las necesidades populares.
La elección de los nuevos representantes expresó por otra parte la voluntad mayoritaria de sus comunidades, sin la mediación de los partidos políticos tradicionales, en una contienda de liderazgos personales frente a los electores. Por primera vez en la historia del país la ciudadanía escogió a sus dirigentes sin que el peso de sus fortunas mediara significativamente en la elección. Por eso la oligarquía desdeñó desde el principio a sus integrantes y a la institución misma, por ello vio a la nueva institución como un mero sello aprobatorio en manos de los militares. Todavía hay quien sueña con los viejos tiempos de diputados provinciales, y aún nacionales, dizque intelectualmente más dignos de ocupar los escaños que el pueblo llano.
Torrijos creó también nuevas formas de producción y de organización social en el campo. Pese al asombro y aún la indignación de quienes siempre se han visto supeditados a la visión norteamericana anticomunista, creó, con ayuda de Israel, los Asentamientos Campesinos y las Juntas Agrarias, para darle forma a nuevas concepciones de producción alejadas de las prácticas tradicionales del gamonalismo latifundista en nuestro interior. Es decir, sentó las bases para transformar las relaciones económicas y sociales en el campo.
Estas nuevas organizaciones productivas, así como los Huertos Comunitarios del nuevo Ministerio de Salud, apoyadas técnicamente por el también nuevo Ministerio de Desarrollo Agropecuario, rápidamente hicieron gala de nuevos valores de solidaridad y confianza que se tradujeron en una producción envidiable. Al apoyo técnico a sus tareas agropecuarias se unía el apoyo y acompañamiento de las tareas organizativas, por un personal comprometido ideológica y políticamente en el esfuerzo de la producción agropecuaria al margen del latifundismo y minifundismo tradicionales.
Torrijos transformó al aparato estatal en una gigantesca máquina productora de desarrollo y de soberanía.
La negociación de los nuevos tratados sobre el Canal fue su obra máxima, que culminó el anhelo de generaciones panameñas que desde el siglo XIX se plantearon un país próspero dirigido por y para los panameños. Alpinismo generacional, le llamó a ese esfuerzo centenario, agudizado lógicamente por la presencia norteamericana en nuestro territorio. No quería entrar a la historia, sino en el Canal, y logró ambas cosas.
Hoy, recuperada nuestra principal riqueza, vemos sin embargo que los problemas de lo que Omar Torrijos denominó la patria doméstica no sólo se mantienen sino que se agudizan. Pero hay que tener ojo torrijista para ver el deterioro.
Dejó inconclusa su obra, y pareciera que se claudica de antemano a la obligación de completar la misma. Esa es, hoy por hoy la tarea inexorable de los torrijista: ¿cómo concretar el compromiso del uso más colectivo de las riquezas generadas por el canal? ¿cómo utilizar los excedentes del corredor transístmico para combatir la miseria de los panameños excluido, marginados y, particularmente, de los indígenas.
Tenemos casi la peor distribución de la riqueza en todo el continente. Las conquistas laborales se regatean. La organización de los trabajadores se encuentra rota en mil pedazos y a merced, salvo honrosas excepciones, de charlatanes, dirigentes fantasmas y oportunistas de todo pelaje. La reforma a la Caja de Seguro Social debe traducirse en el ofrecimiento de prestaciones de salud oportunas y de la más alta calidad científica. Lo mismo podríamos decir de los medicamentos. Sencillamente, la atención a la salud debe ser un derecho garantizado
El empuje en la educación, una de sus preocupaciones insignes, se ha transformado desde la derogación de la Reforma Educativa en un lastre podrido que carga la república sin que se avizore una luz prometedora. La masificación de la educación se ha transformado en la solidificación de la estulticia, del desgano, de la mediocridad. Aún las organizaciones estudiantiles yacen postradas en un cieno de ignorancia y de facilismo.
Torrijos creó el PRD como un organismo político vivo, palpitante, que sirviese de agente organizador para resolver los problemas sociales persistentes en la segunda etapa de su lucha por el desarrollo nacional. Y apenas murió Torrijos, el PRD empezó a transformarse de inmediato primero en una correa de transmisión de los militares ayunos de visión estratégica y de metas patrióticas, y luego de su resurrección después de la invasión, los hay quienes quieren convertir el partido de Omar en un organismo de caciques, con una membresía desorientada, clientelista y hasta en una simple agencia de empleo.
Hoy, en las vísperas de una obra magna en el Canal, la sociedad panameña debate intensamente sobre riesgos y costos, sobre empleos previsibles y demanda de servicios, el PRD está obligado a no quedar impávido, tiene que recuperar su protagonismo y militancia. Desplegar todas sus fuerzas para honrar la promesa torrijista de ser la palanca de una sociedad más solidaria y equitativa. Afortunadamente, vale la pena afirmarlo, contamos con la inteligencia y experiencia necesaria a fin de construir un proyecto alternativo de bienestar social para todos los panameños.
Lo que falta por hacer, que debe ser una obra colectiva, producto del desarrollo ideológico y político y patriótico de la ciudadanía, seria una necedad subordinarla a los criterios de la mercadotecnia y sujetarla al ritmo de la burocracia. Digámoslo claro: sin participación popular, sin participación partidaria, sin dirigencia comprometida con lo raizal del torrijismo, pocas son las esperanzas de alcanzar un desarrollo armónico nacional que vaya más allá de un desarrollo económico formidable ya que nos corremos el riesgo de que quede en manos de unos pocos, o de los herederos de esa oligarquía que Omar Torrijos desplazó en 1968.
Tiempo hay para rectificar, si se quiere. Los homenajes serán fructíferos si sirven para analizar el camino que hay que recorrer con la metodología enseñada por Omar y pese a que algunos hoy declaran obsoleta. El golpe de estado de 1968 fue un acto político, no la toma del poder por gorilas embravecidos. El golpe de timón que se impone con urgencia también habrá de ser político y consiste en la transformación del PRD en el organismo que fue concebido para dirigir la culminación de la revolución octubrina en la solución de los problemas de la patria doméstica. Ese sería en estos momentos el mejor homenaje que podríamos dedicar a la memoria de Omar Torrijos.
Panamá, 18 de julio de 2006.
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